En el ocaso de la vida, los árboles tienen la magia de evocar recuerdos de la infancia, de los días escolares. Recuerdo con cariño cómo, en los últimos domingos de mayo, celebrábamos el Día del Árbol, subiendo por las laderas del Waraira Repano,o Ávila, para reforestar las áreas quemadas por el fuego.
Fue en esa ocasión que tuve mi primer encuentro con el majestuoso araguaney. Hasta entonces, mi inventario arbóreo se limitaba a las flores albas y lilas de los apamates de mi barrio, los espinosos jabillos que protegían los anhelados cachitos, los dulces mangos, naranjas y mandarinas de mi abuelo’s hacienda, y la aromática sarrapia cuya semilla vendíamos en la botica del pueblo. Pero nada me había preparado para la belleza y la importancia del araguaney.
Aprendí que su resistente vientre era utilizado para sostener los techos de las casas en San José de Tiznados, y que su sombra de tonos verdosos refrescaba el verano y protegía del invierno. Descubrí que este árbol era mucho más que una simple planta: era un proveedor de calor, alimento y vida.
Por eso, cuando veo un árbol, no puedo evitar recordar aquellos versos de la canción que celebran su importancia:
«Al árbol debemos solícito amor/ Jamás olvidemos que es obra de Dios».
Los árboles son testigos de nuestros recuerdos, y a la vez, son una conexión viva con la naturaleza que nos sostiene.

Prof. Simón Pineda
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